Una experiencia de inculturación en Madagascar
Después de un breve paso en Antananarivo, me encuentro ahora y durante los próximos meses dentro de la comunidad de Andranobe, situada a menos de 10 kilómetros al noreste de Antsirabe. La granja de las hermanas es algo aislada. Es una vivienda de ladrillos al final de un camino cercado con rosales, cobertizo, establo y tanques de agua detrás de las paredes de ladrillos con en la cima protecciones cortantes que protegen la propiedad.


Al exterior, 10 hectáreas de tierra cultivada por las hermanas: arroz, maíz, soya, porotos y un bosque de pinos aún sin explotar, pero donde la comunidad proyecta sacar en los próximos años, madera de construcción y leña para la calefacción.
Adentro, un jardín muy grande y algunas decenas de árboles frutales que bastan ampliamente al consumo de las hermanas y de los trabajadores. Las hermanas son 5, incluyendo dos jóvenes recién llegadas al mismo tiempo que yo. ¡No podía soñar con una acogida más calurosa de su parte! Les agradezco, gracias a ellas, ya me siento en casa en la granja.
Mis actividades por el momento son bastante reducidas, ¡las hermanas temen agotarme! El invierno y la estación seca se acaban, llegan lluvias y tormentas eléctricas. Terminamos con la labranza y empezamos la siembra de porotos y maíz. Aparte del trabajo en el campo, hay también el cuidado de los animales: una veintena de vacas, algunas cabras, una veintena, y chanchos y pollos. La leche está ordeñada a mano, y se la utiliza para la fabricación de quesos vendidos a una cooperativa de Antsirabe. Además, aseguro una hora diaria de francés dada a los trabajadores que viven permanentemente en la granja.
Todo esto es muy positivo para mí, y espero con gran expectativa los numerosos descubrimientos futuros.
Anne Marie JOLIET, en casa de las Hermanas de Cristo. Andranobe.


